La vieja escuela nos enseñó civismo, hidalguía, orgullo y una identidad de lojanidad única para quienes nacimos aquí o migramos de los cantones. Un vasto bagaje de culturalidad nos cobija, y entre el legado histórico que pregonamos con alegre vanidad cada fiesta está: ser la ciudad castellana, la dos veces universitaria, cuna de artistas, capital musical o la del mejor idioma español.
Y éste 8 de diciembre, la centinela del Sur cumplió 473 años de su segunda fundación, pero más allá del respetuoso civismo, y los protocolos fundacionales, un inquietante cuestionamiento surgió en un grupo de estudio.
¿Qué pasó con la otro historia? la no contada, la que existió antes y paralela a las primeras fundaciones, las que sembraron la semilla nativa en estas tierras bajas de los Andes, y de las cuales el mestizaje nos hizo hoy lo que somos, esta “Modernidad Barroca”.
¿Quién nos cuenta la historia de los Bracamoros, los Paltas, los Guayacundos o los Yungas? y de ellos ahora la historia de los Cariamanga, los Catacocha, los Saraguros y de todos los cantones de la provincia. Una larga historia precede al 8 de diciembre de 1548, y es tan importante como la de después.
Y es que, si bien Loja fue fundada por españoles, en estos 473 años la ciudad es recolonizada por criollos y mestizos Lojanos de todas las latitudes.
El ejercicio es simple, preguntémonos de donde son nuestros padres y los padres de ellos, y comprenderemos que nuestra lojanidad compleja es más profunda y terrenal, que, exportada de castilla, se explicaría por qué llevamos una identidad singular, por qué aún reproducimos un deportismo ilustrado, y por qué Loja es ciudad y el resto es provincia.
Jorge Gustavo Ochoa Astudillo
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