Largos fueron los siglos en que la humanidad sufrió la temible esclavitud. Seres humanos dueños de otros seres humanos, de sus vidas, de sus planes, de sus sueños. Países enteros condenados a la esclavitud. Galeones cargados de esclavos en una interminable trata, cundía por todos los océanos. Muchas batallas se tuvieron que librar en todo sentido para eliminar la esclavitud oficial del planeta.
Hoy en día aparentemente este fenómeno social no es sino un recuerdo lejano de los momentos más nefastos que ha vivido la humanidad. Hoy se habla de una libertad que aparentemente a los ojos de todos es real. Pero cuidado, esa libertad puede ser un travesti. Esa esclavitud antigua ha sido reemplazada por una esclavitud moderna en la que los amos son invisibles y los esclavos somos todos. Una esclavitud en la que las cadenas han tomado forma de facturas y los grilletes han tomado forma de celulares y otros insumos. La utilización de aparatos inteligentes o del uso del internet, nos tienen atados económicamente a todos los ciudadanos del planeta hacia las empresas que ofrecen estos servicios. Como si fuera poco, existen recargas de celular de hasta 50 ctvs. Es decir, incluso esclavizan a los niños que prefieren recargar su celular en lugar de tomarse un helado. El estrés es el ingrediente diario de todas las familias que esperan el fin de mes las puntuales facturas a pagar. Esas facturas que no esperan, esas facturas a las que hay que cancelar así tengamos que vender nuestra ropa.
El internet, Netflix o el TV cable se han vuelto fenómenos indispensables del ser humano. Sin hablar de las facturas elementales de agua, luz y teléfono convencional que tenemos que cubrir cada mes. Esta es la nueva esclavitud. Esclavitud que condena, que ata. Tan cruel como la otra, tan aberrante como la otra y lo que es peor: una esclavitud legal a la que estamos condenados todos de por vida.
Hever Sánchez M
@Hever_Sanchez_M