Los estribos del futuro están rotos

Es inevitable referirnos a la crisis. Desde hace algunos años es el estadio social permanente en el que nos desenvolvemos. Ninguna esfera social se libra de las grietas que se han abierto en la economía, la cultura, la política, en las instituciones tradicionales como la familia, las comunidades o la ciudad. Se dice, con frecuencia, que de las profundas angustias se renace. Pero tomando distancia de los voluntarismos, es necesario plantear cuán proclives somos al cambio de las formas actuales en que ha devenido el mundo.

Todo se torna más pesimista cuando nos damos cuenta de que los referentes —otrora movilizadores de nuevos discursos, nuevas formas de organización, otros paradigmas— se han agotado, los ha consumido la vorágine del inmediatismo, el coyunturalismo o la extrema especialización —cuyo signo de que más puede ser menos.

Con los referentes sin capacidad de hacer rebotar su ideal, los horizontes alternativos se opacan y el cambio continúa urgente, pero sin ser emprendido. La progresiva conservadurización de las masas y de la prensa, cancela lo que podría sonar a revolución o transformación total de las condiciones que nos han traído hasta el estado actual del mundo. En el saco del inmovilismo, también están las universidades, cuyo eje parece estar centrado en la reproducción del capital y no solo del conocimiento y la reflexión de la realidad. Los intelectuales, cuya presencia pública en otros tiempos era fundamental, hoy no tienen espacio porque la crítica y el pensamiento van perdiendo espacio en un medio conquistado por la banalidad y el facilismo.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco gmail.com

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