Así como peregrinos son los doce cuentos de Gabo, en nuestra vida también nos encontramos con libros peregrinos que caminan con nosotros, nos acompañan y recorren nuevos escenarios, bajo la certera sospecha de su incidencia en el decurso vital del hombre.
Y es que son peregrinos porque recorren nuestros mismos caminos esperando a ser leídos con avidez y atención, en cualquier momento que resulte preciso. Porque sin duda serán leídos, pero nunca sabemos con total precisión cuándo, pues podrían confluir varios momentos: en el taxi, en el metro o cuando vamos de viaje; mientras esperamos a ser atendidos, cuando ha salido de nuestra biblioteca hacia un espacio diferente, bajo cualquier excusa, o como cuando leemos para la persona amada. Me ha sucedido, por ejemplo, con El problema final, de Pérez Reverte; El Extranjero, de Camus; Cómo ordenar una biblioteca, de Calasso; La vegetariana, de Kang; Pedro Páramo, de Rulfo, o Alexis, de Yourcenar.
Pero también son peregrinos cuando tras un viaje regresamos al terruño acompañados de libros nuevos, cuyo deslumbramiento ya ha sido iniciado en el propio trayecto a casa. Me acontece desde hace mucho en mis travesías. Recuerdo haber traído más de una veintena de Venezuela, e incluso haber pagado una multa por exceso de equipaje cuando regresé de Cuba. Del Ateneo Grand Splendid, de Buenos Aires, traje una preciosa edición de los dibujos kafkianos, y de la Feria del Libro de Lima, en 2023, una edición de lujo de don Quijote. En 2024 fue inevitable no adquirir en el Aeropuerto Jorge Chávez, Invitación al viaje, de Ramón Ribeyro.
Así como los seres humanos, los libros también pueden ser peregrinos. Además de acompañarnos y hacernos más liviana la carga existencial, evitan que desperdiciemos nuestro tan valioso tiempo.
Qué sensación tan deliciosa esa de ir por el cosmos sabiendo que no estamos solos, pues un libro también peregrino nos acompaña silenciosamente, esperando el gran encuentro.
José Luis Íñiguez G.
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