Somos un pueblo sin memoria. El inmediatismo nos arroja siempre hacia adelante, aunque nos desboquemos por ir cada vez más rápido. Al pasado se lo mira con desprecio, como un objeto inerte e inútil, y quizá por eso aceptamos vivir un presentismo acrítico, extremadamente realista, que prefiere pensar que las cosas son tal como están, que deben ser así, y que es lo único que tenemos. Forma parte de una actitud conservadora, acomodaticia, que prefiere no mirar el polvo bajo la alfombra.
Tzvetan Todorov escribía que “el pasado es fructífero no cuando alimenta el resentimiento o el triunfalismo, sino cuando nos induce amargamente a buscar nuestra propia transformación”. Esa amargura es la que nos saltamos, sin saber que esa incomodidad —la de unirse, la de identificar un camino común, la de dejar a un lado el ‘sálvese quien pueda’, la de sacrificar posiciones— puede plantearnos las preguntas correctas para las respuestas correctas. Ya no buscamos la transformación colectiva o profunda, ya no pensamos en plural, porque nuestra relación actual es de redes efímeras, de perfiles, de reacciones, de lo que se puede postear y desaparecer.
Si miráramos más el pasado, identificaríamos el perfil de quienes alguna vez ya hicieron de este país un territorio de privados, de capataces, de dueños de la vida y de la muerte de quienes ahí vivían. Mirando el pasado, nos daremos cuenta de que quienes desprecian las instituciones y los valores republicanos, quienes no tienen un proyecto común, están manejando las bridas del futuro.
Detengámonos un poco, recobremos la paciencia, observemos y escuchemos con cautela, miremos un poco hacia atrás.
Pablo Vivanco Ordóñez
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