Las vidas de los otros

La literatura y el cine están llenos de historias de espías. En todas ellas se encuentra una justificación moral infalible para cualquier acción reprochable que realice un héroe que trabaja para la gloria de su país. James Bond, el ejemplo del agente secreto elegante y cautivador, tiene una licencia para matar que se extiende a todos los países del globo y en ejercicio de esta prebenda real viene matando gentes de Europa, Asia y América desde los años cincuenta. Al parecer la muerte de su creador, Ian Fleming, impidió que continuara su tarea con el continente africano y con Oceanía. En una situación más realista pero no menos moralmente dudosa se encuentra George Smiley, el espía tranquilo, intelectual y sosegado que combate callada y efectivamente a la inteligencia soviética desde las páginas de John le Carré. Smiley, para alcanzar su objetivo, no duda en utilizar y explotar a gentes física y moralmente acabadas cuyas sombras guarda y honra en su memoria implacable.

Las bajezas en las que deben incurrir quienes se dedican al espionaje se retratan perfectamente en la famosa película alemana “Las vidas de los otros”. Aquí un agente de la “Stasi”, el servicio secreto de la desaparecida Alemania Oriental, escucha las conversaciones de personas inocentes para encontrar alguna mancha indicadora de deslealtad hacia el régimen totalitario. Surge entonces el lado voyerista y morboso de las tareas de inteligencia. La tentación de mirar por una ventana abierta al patio ajeno y descubrir secretos vergonzosos, inmorales o ilegales ha cruzado por la mente de todos los seres humanos. En situaciones normales tal idea seductora es baja y reprochable pero cuando se alegan motivos de gran valor patriótico la tentación adquiere ribetes de heroicidad. Entonces, como ha sucedido tantas veces en la historia, estamos listos para señalar con un índice acusador al vecino sospechoso o al extranjero. Las grandes estaciones de televisión tienen maestría en este tipo de menesteres esencialmente viles. Ahora tenemos una ley que legaliza muchas de estas conductas enemigas de la ética con el fin loable de combatir el narcotráfico y con la esperanza menos certera de que nuestros espías serán imparciales y moralmente infalibles. Ver para creer.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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