Conste que la frase del título no es mía y, algo más, me parece del todo radical e innovadora. Al escucharla me cautivó y por eso le he estado dando vueltas en la cabeza. La cita es de un tal Scott Adams, autor del comic Dilbert, que es una crítica mordaz contra la burocracia y varias situaciones tragicómicas del mundo laboral.
En el ámbito profesional, por ejemplo, hacer una maestría, una especialidad, un doctorado es una meta, pero ser un estudioso y aprendiz eterno es un proceso de toda la vida y que supera ampliamente a la meta. Generar proyectos con miras a un aumento salarial es una meta, pero ser proactivo, innovador, creativo, es decir, un “emprendedor”, es un logro que está inscrito dentro de un proceso y que beneficia ampliamente a quien lo genera y a la institución donde esa persona labora.
Un proceso tiene que ver con aprender, vivir experiencias nuevas y, la aventura de lo vivido y aprendido, no es conseguir ascensos, títulos o medallas.
El pensamiento de procesos antes que de metas puede aplicarse a casi cualquier actividad humana en donde aún prima el bagaje de una mentalidad de mínimos, según la cual, “las cosas se hacen como siempre se han hecho” con el mínimo esfuerzo, con la mínima creatividad. Dicho proceso puede tornarse en una apuesta por demás innovadora, sobre todo cuando seguimos hablando de la meta por excelencia, propia del mundo de escalamientos de jerarquías en la organización hasta llegar a la punta de la pirámide.
Anticipar el proceso a la meta tiene ventajas indiscutibles. El hecho de que se consiga o no la meta es irrelevante, frente a aprovechar bien el proceso de conseguirlo, porque un proceso implica siempre aprendizaje.
Zoila Isabel Loyola Román
ziloyola@utpl.edu.ec