Hay un reloj que todos los estudiantes universitarios conocemos íntimamente: el que marca los años de trasnocho, los semestres que se repiten, las tesis que se reescriben tres veces, los trámites que duermen en escritorios indiferentes. Un reloj que no se detiene ni en diciembre ni en carnaval, que consume juventud, salud y dinero con la misma voracidad de un sistema que exige todo y no le debe explicaciones a nadie.
Ese reloj, al parecer, tiene velocidades distintas según quién lo use. Hace algunos días conocimos el caso de un proceso acelerado de graduación de la primera dama de la nación quien se graduó en tiempo récord, menos de 9 meses en la Universidad de los Hemisferios. Lo que indigna a la ciudadanía es que este mismo proceso para los demás estudiantes tiene una duración de 4 años. Para quien no puede pagar a tiempo la matrícula, el reloj se congela. Para quien presenta su tesis y espera la fecha de sustentación, los meses se estiran como caucho. Para quien finalmente se gradúa y espera el registro en la Senescyt, hay egresados que aguardan seis, ocho, diez meses para ver su título reconocido oficialmente.
Porque si hay algo más grave que otorgar un título a velocidad de privilegio, es el silencio institucional que lo protege. El isilencio que transforma la excepción en precedente. El silencio que le dice a cada estudiante ordinario que su esfuerzo ordinario no cuenta de la misma manera.
En Ecuador, estudiar y graduarse no significa lo mismo para todos. La universidad funciona en dos velocidades.
Jorge Abad
jhabad@utpl.edu.ec