Hay hechos de la historia que no pueden quedar en el olvido, mucho menos los hechos que desafiaron de forma definitiva el mal estado de las cosas. Es cierto, es necesaria una valoración precisa del momento histórico, de las condiciones objetivas que permitieron la Revolución Juliana de 1925, del clima social y político que se vivía, de los hechos que permitieron su explosión y su domesticación.
Son 100 años de un acontecimiento profundamente importante para el Ecuador: representó la gran modernización del Estado, el desafío de la clase plutocrática, la ruptura de la polarización entre conservadores y liberales, y fue la puerta de entrada para que las capas medias aspiren a una representación en las esferas de poder. Como todo proceso histórico tuvo luces y sombras, de las cuales mucho se ha dicho, pero sobre las que es necesario volver a discutir en nuestros días, de tanto apaciguamiento y silencio frente al poder y sus círculos.
La Revolución Juliana, fue la antesala que generó las condiciones necesarias para la presidencia de don Isidro Antonio Ramón Ayora Cueva, personaje lojano de cuya presidencia nacieron muchas de las instituciones, previa recomendación de la Misión Kemmerer: el Banco Central, la Contraloría, la Caja de Pensiones, la Superintendencia de Bancos, entre algunas otras.
Lejos de pretender hacer una reconstrucción de una figura —como la de Isidro Ayora, que sigue siendo necesaria—, hay que aspirar también a la rememoración de los acontecimientos que rodearon a un hecho histórico como ese, y a las ideas que alimentaron y avivaron una revolución de la que debe seguirse hablando.
Pablo Vivanco Ordóñez
pablojvivanco@gmail.com