La inteligencia artificial y la ética

En el artículo anterior decíamos que la llamada “Inteligencia Artificial” ha despertado grandes expectativas y esperanzas. Intuimos que muchos obstáculos y problemas van a ser solventados de manera sencilla y fácil, haciéndonos más llevadera nuestra vida.

Sin embargo, la historia de la humanidad nos muestra que los grandes inventos siempre traen aparejadas acciones viles contra la misma humanidad. Estaríamos tentados a decir que la prosperidad se mide según las armas letales que manejan las grandes potencias.

De ahí que no se trata de un rechazo tecnofóbico el pensar en establecer normas para el manejo de este nuevo invento. Es preciso adelantarse a los hechos para no lamentarnos después, ya que su campo de acción atañe a todos los ámbitos del quehacer humano.

Así que la actitud adecuada no sería oponerse al avance de la ciencia sino de proponer modelos de ética para que los usos, objetivos y manejos en general, no provoquen el mal sino que sirvan para el bienestar de todos. No debemos suponer a priori que solo servirán para fines beneficiosos.

El papa Francisco, hablando sobre este punto, nos dice que los desafíos son “técnicos, pero también antropológicos, educativos, sociales y políticos”. En la actualidad, los organismos mundiales como la ONU, la OMS, etc., se han convertido en un cuartel ideológico en el que solamente vale lo políticamente correcto, es decir, lo que ellos pregonan; y tratan de imponer al mundo su ideología, sirviéndose de la técnica y de estrategias que burlan la libertad y decisión de los países libres. Es quizá allí donde se debe poner el mayor énfasis para eliminar toda posibilidad de que los seres humanos nos convirtamos en fichas de un ajedrez mundial que satisfaga solamente los intereses de quienes pretenden dominar el mundo.

Carlos Enrique Correa Jaramillo

cecorrea4@gmail.com

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