En Guayaquil, una ciudad que ya está marcada por la violencia y la inseguridad, la desaparición de cuatro niños ha conmocionado a toda la nación. Este caso no solo representa una tragedia para las familias afectadas, sino también expone de manera crítica las fallas de un sistema que no protege a sus ciudadanos más vulnerables. Lo que podría ser un llamado a la acción por parte del gobierno se ha convertido, lamentablemente, en un ejemplo de abuso de poder y de desconexión de la realidad.
Desde que se conoció el caso, la respuesta del gobierno ha sido, por decir lo menos, inadecuada. En lugar de enfocarse en coordinar una búsqueda exhaustiva y en desplegar todos los recursos necesarios para encontrar a estos niños, las autoridades han optado por politizar el asunto.
El presidente, en un intento evidente por desviar la atención de las críticas hacia su administración, ha sugerido declarar a estos niños como «héroes nacionales». ¿Héroes de qué, exactamente? De un sistema que les falló desde el inicio. No hay nada heroico en convertirse en víctima de la negligencia estatal. Declararlos héroes es una maniobra insensible que ignora el verdadero problema: estos niños no deberían ser un símbolo; deberían estar en casa, sanos y salvos, con sus familias.
El caso de los cuatro niños es un recordatorio desgarrador de que la inseguridad en Ecuador ha llegado a niveles insostenibles. Ya no solo tememos por nosotros mismos; ahora también tememos por nuestros hijos. Las calles, que deberían ser un espacio de juego y crecimiento, se han convertido en territorios hostiles donde el peligro acecha en cada esquina.
Las autoridades, en lugar de trabajar en soluciones reales, han demostrado una incompetencia alarmante. El despliegue de fuerzas armadas en las calles no ha mejorado la situación; más bien, ha aumentado el temor en la población. No se trata solo de presencia policial; se trata de estrategias de prevención, de educación y de construcción de comunidad, aspectos que este gobierno parece ignorar.
Lo más indignante de todo es que, en medio de la desesperación de las familias, el gobierno parece más interesado en proyectar una imagen de control que en garantizar el regreso de los niños.
Es fundamental ser enfáticos: estos niños no son estandartes, no son trofeos políticos. Son seres humanos con derecho a vivir en paz, a crecer y a estar con sus seres queridos.
El verdadero héroe en esta situación será el sistema que logre traerlos de vuelta a casa y garantice que ningún otro niño tenga que pasar por algo similar. Y para ello, se necesita un cambio profundo en la forma en que abordamos la seguridad y la justicia en este país.
Hoy, los padres en Ecuador vivimos con el corazón en la mano cada vez que nuestros hijos salen de casa. No sabemos si regresarán. Este es el verdadero impacto de la inseguridad: la pérdida de nuestra libertad y de nuestra paz mental.
Ningún padre debería tener que enfrentarse a esta angustia; ningún niño debería crecer en un entorno donde su seguridad no está garantizada. Como sociedad, debemos exigir justicia y un compromiso real de parte de nuestras autoridades.
No podemos permitir que estos casos se conviertan en estadísticas frías ni en narrativas manipuladas para beneficio político. Estos niños merecen algo mejor. Nosotros, como ciudadanos, merecemos algo mejor. Hasta que no veamos un cambio real, seguiremos viviendo con el miedo constante de que cualquiera de nosotros podría ser el próximo.
Marco A. González N.
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