La banalidad del mal

Se dice que la historia nos ha enseñado a temer al tirano, una aseveración que pondré en tela de juicio. La filosofa Hannah Arendt (1906 – 1975) advierte sobre un peligro más sutil y cotidiano: ¡El hombre que renuncia a su capacidad de pensar!, al analizar el juicio de un burócrata “responsable” de horrores masivos, Arendt descubrió que el mal no siempre es el resultado de una maldad profunda, sino de la ausencia de juicio crítico. Actualmente este fenómeno no ha desaparecido, ha mutado a indiferencia sistémica.

En la realidad actual, el mal ya no viste uniformes militares necesariamente; viste traje y corbata, maneja algoritmos y se sienta tras un escritorio, mostrándose cuando el sistema prioriza el trámite sobre la dignidad humana. Ejemplo, los procesos coactivos, una barbaridad sin nombre, ignorando por completo las circunstancias emocionales y necesidades reales del afectado. Excusando la crueldad en base a un «solo cumplo con el reglamento». Esto se conoce como estupidez funcional, una incapacidad voluntaria que no mide el daño que causa al ciudadano bajo el pretexto de la eficiencia administrativa. Preguntémonos ¿Qué tan eficiente es el Estado?…

Cuando una institución se convierte en autómata, la ley deja de ser un instrumento de justicia para volverse un arma de deshumanización. El éxito de un burócrata no debería medirse por expedientes cerrados, sino por la humanidad con la que trata cada caso. Si el derecho se queda en el formulario y se vuelve ciego ante el dolor, entonces la obediencia deja de ser una virtud ciudadana y se convierte en complicidad. La «distancia moral» impuesta nos está insensibilizando, haciéndonos olvidar que detrás de cada número de proceso, hay una vida, una familia y un derecho sagrado a la subsistencia.

Si una norma es injusta, la desobediencia es un imperativo ético. No podemos permitir que la comodidad de «seguir órdenes» anule nuestra conciencia. Ser un sujeto moral implica que nuestro último tribunal no es el jefe ni la ley, sino nuestra propia capacidad para discernir y obrar con sentido humano.

Pablo Ortiz Muñoz

acuapablo1@hotmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *