En el corazón de la cordillera de los Andes, donde las nubes acarician los picachos encantados, se encuentra Jimbura, nombre derivado del cañari “Ximbura”, que significa “guardianes del agua”, un tributo a las hermosas lagunas que adoraban. Sin embargo, también hay quienes afirman que el nombre Jimbura se debe a las largas trenzas que adornaban los cabellos de sus hermosas mujeres.
Capítulo aparte merecen personajes históricos como Don Tomasito y su guitarra de oro, que en su juventud fue testigo de grandes amoríos desatados a causa de las serenatas nocturnas que quitaban el sueño a tantas señoritas. Las maracas de don Eduardo (el plimo) y la guitarra de don Franco Jiménez, Genaro Jiménez y el siempre recordado, don José Ontaneda, además de sus canciones, por sus populares frases “lo que Dios quiera que salga mijita” y “parece que va llover hombre” en una noche veraniega de agosto.
Se dicen tantas cosas de este pueblito mágico, de sus lagunas encantadas y de sus leyendas, pero el verdadero tesoro de Jimbura late en su gente. Sus mujeres, alhajas de fortaleza y gracia, llevan en sus trenzas la sabiduría de los abuelos y en su sonrisa la calidez del sol andino. Son ellas, junto a los campesinos que labran la tierra con ahínco para ver sobresalir a sus familias. Aquí, hasta las diferencias se resuelven con un buen partido de boly o con unas copitas de primera, cómo le llaman al aguardiente de mi pueblo.
Jimbura no es solo un lugar; es un suspiro de gratitud a la vida. En sus 78 años de fundación, ha demostrado que la verdadera magia no está en lo que se ve, sino en lo que se siente: en el sabor de las achiras, en el reflejo de las lagunas que guardan secretos y leyendas, y en las manos callosas de los campesinos que se estrechan sin temor.
¡Feliz aniversario, Jimbura, lugar al que sus hijos siempre queremos regresar!
Jorge Abad
jhabad@utpl.edu.ec