Mientras Loja agoniza entre la escasez de agua y de líderes, la Revolución Juliana resurge en la memoria como un espejo roto: reflejo de lo que fuimos y reproche de lo que hoy somos. Isidro Ayora llegó al poder por la fuerza de un golpe militar cívico en 1925, pero su grandeza fue que, en lugar de perpetuarse, operó al Estado como un cirujano a un paciente moribundo. Bajo su mandato (1926-1931), Ecuador dejó de ser una hacienda oligárquica y empezó a latir como una nación moderna:
Creó el Banco Central (1927), enterrando la era del «sucre de papel» y dando moneda sólida a un país acostumbrado a la inflación. Fundó la Contraloría General, porque sabía que sin transparencia, la república era un cadáver sin autopsia. Creó la Ley de Protección Laboral: primer salario mínimo, jornadas de 8 horas, indemnizaciones, mientras hoy los trabajadores piden migajas, Ayora nos dio pan con dignidad. Construyó el Hospital Militar de Quito, el primer sistema de agua potable de Guayaquil, carreteras que unieron la Sierra y la Costa, entre otras.
Hoy, en la misma tierra donde Ayora vio la luz, las calles preguntan por qué ya no nacen hombres de su estirpe. Mientras en 1930 se construían acueductos, en 2024 los lojanos miramos al cielo con bidones vacíos en espera de un tanquero. La historia es cíclica, pero no generosa. Ayora emergió de una crisis peor que la actual: un Ecuador fracturado por la plutocracia bancaria y el latifundio feudal, se parece al Ecuador de hoy con leyes urgentes redactadas en la oscuridad, y una Asamblea donde pocos legislan, otros dibujan y muchos calculan sus cuantiosas ganancias.
¿Habrá otro Ayora? Quizá no. O quizá como en 1925 esté agazapado en el anonimato, esperando el momento para tomar el escalpelo y operar de nuevo al país. Mientras tanto, su legado es un reproche vivo: Los pueblos que olvidan a sus reformadores están condenados a mendigar corruptos.
Jorge Abad
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