“Parece que fue ayer”, decía un bolero de Armando Manzanero. Y precisamente parece que fue ayer cuando nuestros padres nos llevaban de la mano por las calles que conducían a las aulas primarias, portando la típica mochila preñada de cuadernos, hojas perforadas, un lápiz mongol, regla, escuadra, sacapuntas, compás y un borrador carcomido por las cuatro esquinas.
Eran tiempos cuando se daban esas luchas encarnizadas en donde nuestras madres intentaban mantenernos quietos a la hora del arreglo personal. Tiempos de canciones como: “Señora Santana por qué llora el niño?”; tiempos de las célebres oraciones: “Mi papá pela la papa”; “Lina lame la lima”.
Sí, parece que fue ayer cuando empezamos a crecer como eucaliptos, mientras la cara se nos iba poblando de barros y espinillas. Las chicas cambiando el juego de la macateta o la rayuela por el espejo; y, los varones, lidiando con el estrés por la demora en el ansiado crecimiento de bigote y masa muscular. Tiempos en que nuestro representante debía acudir al establecimiento para recibir la queja de que no atendíamos en clase, no llevábamos tareas, no dábamos las lecciones, escribíamos en las paredes de los baños, sobornábamos al conserje y nos fugábamos del plantel.
Pero ya no estamos en el ayer, sino en el hoy, frente a frente a nuestros hijos (en mi caso nietos) viéndolos lucir una simpática túnica y arrojar su birrete al espacio, como señal de que “habemus” neo bachilleres de la república, quienes sueñan con ir a la Universidad en pos de una carrera, ojalá tan corta, que les permita a la vuelta de un año -a más tardar- obtener un título profesional.
Y es que necesitan defenderse de la vida, algo no imposible, pero si complicado, debido a la cantidad de profesionales desocupados que hasta tener algo estable, fungen en las redes de yotubers, influencers o candidatos.
Dios bendiga a los flamantes incorporados.
William Brayanes
wbrayanes@gmail.com