La política está indefectiblemente unida a la actividad cotidiana de la gente; y los sistemas de pensamiento que empujan las fórmulas ideológicas y políticas actúan no solo sobre la toma pública de decisiones, ni solo sobre la gestión de los gobiernos. Se mueven cada vez más sobre el terreno de las emociones, y ubican ahí el nicho de la nueva dominación.
El mundo de hoy vive en permanente crisis, y los últimos tiempos lo testifican, no solo por la crisis ambiental o política, sino por la sanitaria y la bélica. Quizá son tiempos en que el equilibrio de la vida está en juego, y todos nos estamos moviendo sobre una cuerda que puede tirarse al precipicio.
Sin embargo, en ese aparente triste panorama, hay quienes por diestra y siniestra bombardean con el imperativo de la felicidad, de la positividad, y del ánimo aun en medio del desastre. Aspiran a legarnos el bailar en medio del caos, a reírnos en medio de la desgracia, y a ser positivos así estemos al filo del olvido.
Jorge Alemán, acusa a esa ‘industria de la felicidad’ la culpa de la creciente infelicidad que se vive, y la creciente e indetenible pandemia de los problemas de ansiedad, estrés, y depresión. Los manuales de autoayuda y los managers del alma exigen el máximo de productivismo, sonrisas, y bienestares de papel, que en la vida práctica se ven colapsados frente a lo desolador de los hechos.
El neoliberalismo a cuestas, y su fórmula del máximo rendimiento, quiere seres que se preocupen solo de ellos, y se despreocupan de lo que pasa afuera. Al final, si nadie reclama, del caos se salvan solo los que lo provocaron.
Pablo Vivanco Ordóñez
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