Siempre he pensado que entre las ciencias naturales la geología merecería llevarse la palma como la más eficaz de todas. Muchas disciplinas (como la biología) tienen grados de certeza en los que influye la variación de los seres vivos, pero la geología, dado que trata con sustancias inertes cuyos cambios se dan no solo a lo largo de siglos sino de milenios, tiene un grado superior de confiabilidad. Al menos a esta conjetura llego con mis escasos conocimientos de la materia. Sin embargo, en este como en tantos otros asuntos, la Provincia de Loja parece desafiar a la ciencia tradicional reclamando la aparición de un nuevo campo de estudio: la geología selectiva. Se trata de un universo intocado de exploración científica cuya meta busca explicar por qué razón, traspasados los límites provinciales, las circunstancias de los accidentes del terreno varían radicalmente, precisamente en los lugares en los cuales existen importantes infraestructuras, carreteras, alcantarillas, captaciones de agua, o conducciones de tubería. Y así, si viajamos de Cuenca a Loja, encontramos que en el lugar preciso en el que un letrero señala el límite provincial, las condiciones geológicas cambian y destrozan el patriótico concreto -supuestamente indestructible- con el que hace algunos años se construyó esta vía. Se trata de un hecho tan insólito que seguramente escapa a la profunda comprensión de los numerosos doctores de nuestras universidades. Por suerte no se trata de una observación anecdótica, lo propio ocurre con los fundamentos de la conducción del agua potable a la ciudad. Las perversas circunstancias desafían a la novel disciplina para que revele las curiosas razones por las cuales las fallas geológicas han escogido precisamente estos tramos para manifestar su poder destructor. ¡Enigmas de la vida lojana que la orgullosa academia deberá explicar!
Carlos García Torres
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