Febrero fue distinto

Febrero fue distinto este año. Veintiocho días que pasaron vertiginosamente, despeinando a cualquiera con cabellera abundante. Los días de febrero se sintieron en el rostro como el agua cuando garúa y Bóreas se reluce con el viento del norte y trae consigo el frío aire invernal. Se sintió así porque este febrero fue un mes de matices.

Febrero empezó con un gran sacudón a nivel gubernamental y estatal con los resultados de las elecciones seccionales, elección del Consejo de Participación Ciudadana y el Referéndum. Más tarde, los días se vieron nublados para el país, cuando varios fenómenos sociales y de contracorriente con la justicia oscurecieron el día a día. Pasaron dos o tres días de cuestionable calma, parecía que la vida en el Ecuador podría estar tranquila, pero no. De nuevo la inseguridad, las investigaciones penales, la crónica roja, los números en riesgo país, y el suspiro crónico del Gobierno direccionaron al pueblo a buscar tranquilidad en el feriado de carnaval. Pero no, de nuevo no. La cultura del desdén, del bullicio, del actuar sin consecuencias trajo consigo nuevas malas noticias para el Ecuador: personas fallecidas, familias incompletas, lágrimas, despedidas, videos, tristeza, incertidumbre, y desdicha.

Este febrero de matices, nos permite observar desde una óptica distinta qué es lo que en realidad pasa en nuestro país. Y es que todo contratiempo que ha violentado de una u otra forma nuestra tranquilidad, nace, por ejemplo, de la carencia de valores; pero también responde a un declive en el mantenimiento y la gestión de estos valores y principios que airosamente proclamamos poseer insertos en nuestros adentros.

Me refiero a las veces que golpeamos nuestro pecho proclamándonos buenas personas con el lejano, pero olvidamos extender la mano a nuestro hermano. O aquellas veces que nos denominamos perseverantes, responsables, disciplinados, pero decidimos serlo únicamente en un aspecto de nuestra vida, el que resulta de nuestro interés, o nos genera uno; o, cuando priorizamos, disfrazando de productividad, o énfasis en aprendizaje, actitudes prepotentes que disminuyen a los demás. Incluso, esas veces que llenamos de actos de servicio y palabras de afirmación a terceros, y sucumbimos ante la urgente necesidad de sentirnos inferiores y deshonrarnos. No entiendo esto, pero resulta incongruente a los valores tatuados en el pecho que abanderamos algunos.

Es tan incongruente el ecuatoriano, que quiere vivir en un país con despampanante infraestructura. Pero mantiene una base moral comprendida de asíntotas y textos extensos y difíciles de comprender; se constituye simplemente en valores condicionados a su posición, o el momento de su vida en que se encuentra. Tan impropio el ecuatoriano que se olvidó de dónde viene y a dónde va.

Ma. Verónica Valarezo Carrión

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