Escandalícese, por favor, o asúmase loco.

El genio –si acaso esa palabra puede ser total– de Pablo Palacio se arrojó al mundo hace ciento veinte años. Y se arrojó en Loja, pero su patria fue y es el mundo. Dudo que este país, en toda su historia, haya parido a otro exponente semejante, de tan grandes quilates, equiparable con genios como Kafka, por citar uno. Y no es exageración ni pedantería vana. Lo decimos nosotros, aunque no tengamos tanta autoridad. Pero también lo dicen los críticos y ellos sí la tienen. Porque uno se aboca a su obra y de manera inmediata cae en un vicio, ya saben, de querer más, de escarbar y escarbar hasta la médula. El universo palaciano es absorbente, envolvedor, inquisitivo porque, renunciando a los cánones, segrega un humor agudo, un humor que denuncia y avergüenza a los verdugos y a los incompetentes. Porque desnuda la justicia, la institucionalidad y la moral de las convenciones sociales nacionales. Segrega el pus, en su estado más putrefacto, de las realidades que se guardan en los armarios de lo innombrable. Sí, ese bolo de lodo suburbano que Palacio echa a rodar para que todos aquellos que se tapen las narices encuentren carne de su carne.

Y sí, uno lee y lee y viene el deslumbramiento, el hechizo, ese desdoblamiento esquizofrénico al estilo del Teniente. Unos llegarán hasta los deseos, estoy seguro, del antropófago. Otros querrán ser sus verdugos. Otros se sentirán como Andrés Farinango en el cubo ad hoc. Otros querrán asestar puntapiés al estilo de Epaminondas para complacerse escuchando el ¡chaj! con un gran espacio sabroso. Otros se compadecerán del difunto Ramírez, mientras otros aplaudirán la abyección del vicio. Muchos recurrirán a la brujería para conseguir el amor, mientras otras se resignarán como Rosita Elguero. Otras terminarán como Adriana con su aparentemente menuda crisis de identidad. Muchas sentirán deseo de ser la ¡Señora! de las joyitas que aprovecha la ausencia de su marido para… ¡vaya, por favor, y léalo Ud. mismo y escandalícese!

Escandalícese, por favor, cuando penetre en el universo palaciano. ¡Arme el escándalo del siglo! ¿Para qué? Seguramente se lo pregunta. Es la receta, pero estoy seguro que, como el señor Gual, Ud. saltará escandalizado. Pero no se preocupe. En algún momento, así como el Presidente, Ud. tendrá el poder supremo de suspender el escándalo. Pero si definitivamente no se ha escandalizado, bienvenido entonces. Ud. es, oficialmente, un loco que exprime hasta las glándulas de lo absurdo y que está en el plano más alto de las categorías intelectuales.

José Luis Íñiguez G.

joseluisigloja@hotmail.com

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