El precio de la dignidad

El dinero es el nuevo opio de los pueblos. Su aroma tentador hipnotiza a jóvenes y viejos. Desde Alaska a la Patagonia los corazones se aceleran ante la vista lejana de un millonario que asume orgulloso algún vetusto solio presidencial.  Surge entonces la compulsión irresistible de inclinar reverentes la cabeza frente a la unión deslumbrante de la riqueza con el poder político. Por eso los mercaderes del templo que en un momento histórico recibieron justos latigazos ahora se consideran merecedores de unánimes elogios. No importa que sus propuestas sean demagógicas y repetitivas. No importa que sean incapaces de demostrar la sutileza de su inteligencia o la finura de su sentido moral. Nada de eso es relevante. Solamente cuentan los trajes impecables, los gestos decididos, las poses autoritarias. Tales apariencias deben surgir, eso sí, bajo el sólido respaldo de una buena cantidad de oro.

Desde este punto de vista las papeletas electorales semejan billetes de banco en los cuales las serias efigies de personajes históricos han desaparecido en favor de políticos que tintinean seductoras bolsas de monedas. Este fenómeno no debe avergonzar a nadie porque es universal y en tal calidad ocurre también en nuestros humildes pagos.

Siempre existirán personas acostumbradas a poner un precio a todo cuanto es más valioso en la vida y para ellos no es problema ingresar en su debe y en su haber a la misma dignidad humana. Entonces, frente a un panorama ético tan desolador solamente podremos avizorar mejores tiempos cuando comprendamos que esa dignidad de ciudadanos no es negociable. Cuando decidamos que unos bolsillos llenos de dinero no otorgan por sí mismos el derecho absoluto sobre las vidas y los destinos de personas y de países. Cuando asumamos una posición de auténticos seres humanos, dignos de nuestra libertad, y podamos contemplar con la misma serenidad al príncipe y al mendigo.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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