Detrás de algunas colinas azules, envuelto en una niebla permanente de recuerdos, de sueños y de promesas, se extiende, hacia un horizonte siempre plagado de problemas, el gran Imperio del Mango Verde. La mansedumbre ancestral de su pueblo permite que los días transcurran perezosamente y que la pobreza y la marginación de las mayorías se escondan en las bonitas calles, en los lustrosos monumentos, en los desfiles, en las interminables tazas de café. La monotonía de las jornadas soñolientas se rompe de vez en cuando en cuanto cualquier individuo, atenazado por el hambre y por la miseria, se anima a salir a las calles a vender mangos verdes sazonados con sal. Una infracción gravísima castigada con pena corporal de golpes de puño y de bota propinados en corporación por la fornida guardia imperial que, para tales ocasiones de peligro, debe estar provista de cascos, armaduras y botas de sólido acero. Si tal infractor se atreve a vender ciruelas el crimen se multiplica casi hasta lo insoportable para el orden urbano. Muchos años atrás un mandarín histórico creo tales modos de mantenimiento del orden con la aclamación general de sus electores. En primer lugar, otorgó a la dignidad alcaldicia, que inicialmente se tenía como vecinal, la categoría de imperio absoluto. Para defender tal orden político se creó un cuerpo de leales guardias comprometidos con la tarea de la paz imperial. Finalmente dividió a los antiguos ciudadanos, devenidos en súbditos, en partidarios y adversarios. Tales bases han seguido su curso regular hasta el punto de que, cualquiera que ocupe el dorado trono, seguirá esas líneas generales. El vendedor vuelve a su casa, golpeado y humillado. Los pulcros ciudadanos de este gris reino se congratulan por tener sus calles sin las manchas vergonzosas de la pobreza.
Carlos García Torres
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