El gran problema de este país –pequeño en territorio, pero enorme en gruesas falencias– es que siempre le cargan el sacrificio a las clases medias y a las clases populares. A los nadies nos diría Galeano. El mediamente pobre, el muy pobre y el extremadamente pobre siempre tienen que cargar la cruz a cuestas. Pesada, por cierto. Inevitable, también. ¿Y las grandes corporaciones? ¿Y los grandes ricos de este país? Pues sentados en Carondelet aumentando el IVA, pero debiendo millones de millones al fisco. Otros, dictando “cátedra” en Estados Unidos. La cátedra de la vergüenza y la desidia, seguramente. Pero ahí están, diciendo que trabajen para que puedan comer desde la entrada hasta el postre, mientras al ecuatoriano promedio le piden que colabore con el país. Todos unos señores nuestros gobernantes, que al mismo tiempo son la alegoría de la opulencia y la explotación laboral. El sacrificio es de todos, dicen. Pero lo cierto es que es para los desdichados de siempre. Para los que apenas logran sobrevivir el mes. A veces, incluso el día. Para aquellos que tienen que pagar más, pero que no pueden ganar más. Lo curioso, sin embargo, es que hemos perdido la fuerza de la indignación legítima. Lo hemos aceptado tal cual nos ha sido dado, quizá por el disfraz que encarna el discurso de lucha contra la inseguridad. A veces no lo comprendo. Para eso va la plata, dicen. Difícil darles credibilidad. Difícil. Bastaría, sin que al pobre se le cargue más impuestos o se le “actualice” el precio de los combustibles, que las grandes corporaciones financieras y económicas de este país paguen más. Y que los deudores al fisco paguen todo lo que deben. Pero en un país empobrecido –no pobre–, en el que por curiosa decisión democrática gobiernan los plutócratas, es como pedirle peras al olmo. No hay ni siquiera visos de posibilidad. ¿Seguiremos asistiendo como espectadores a este sainete impresentable? Es probable. Solo de pensarlo me abruma.
José Luis Íñiguez G.
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