La cultura es expresión de libertad, y entre las libertades fundamentales que sostienen una sociedad democrática está el derecho a participar en los asuntos públicos, principio que debería permear también en las entidades culturales. Es así que, en el marco de la contienda por la dirección de la Casa de la Cultura, han surgido cuestionamientos por la idoneidad de ciertos candidatos, se arguye que el haber sido parte de la entidad los descalifica automáticamente, como si la experiencia adquirida en el lugar que se aspira a dirigir fuera una mácula, discusión que, si bien hace ruido, es frágil desde su base. ¿Desde cuándo haber formado parte de una institución se convierte en un impedimento para aspirar a conducirla? Bajo esa lógica, estaríamos descalificando de antemano a cualquier ciudadano que haya trabajado en el Estado de aspirar a un cargo público, o a todo maestro de dirigir una escuela. Sería como exigir que los presidentes solo puedan ser abogados con maestría en política, o que los legisladores sean exclusivamente politólogos. Un sinsentido democrático.
Claro está: el derecho a ser candidato no es carta blanca para desentenderse de otros asuntos, la evaluación ética, el compromiso, la trayectoria artística y la capacidad de gestión son todos factores legítimos a considerar. Si se detectan irregularidades, incumplimientos o conflictos de interés reales —y no solo suposiciones nacidas del prejuicio o la competencia—, entonces sí, es válido y necesario señalarlos. La pluralidad en las candidaturas debe verse como una oportunidad, no como un problema y la Casa de la Cultura no es una trinchera, es una casa abierta. Desde estas líneas expreso mi sincera felicitación a todas las y los candidatos, gente proba que ama, vive y sueña a través del arte. En esta fiesta democrática, las propuestas y el diálogo respetuoso nos enseñarán el camino que en otrora fue trazado por el quijote de la cultura ecuatoriana, el gran Benjamín Carrión.
Lucía Margarita Figueroa Robles
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