
Es una realidad por todos conocida pero escasamente comentada que la verdad tiene un valor meramente instrumental para las élites políticas y económicas. El poder inmenso de la costumbre es capaz de consagrar como certezas incuestionables algunas falsedades evidentes. La historia, en gran parte, se ha construido según este curioso procedimiento. La segunda guerra mundial fue el atroz experimento que demostró que las mentiras pueden acabar con individuos, comunidades y países causando mayor daño que cualquier arma de destrucción masiva. Hitler, Mussolini, el Emperador Hirohito, entre otros, constituyeron relatos falsos sobre la superioridad racial de sus súbditos y sobre sus imaginarios derechos sobre territorios de otros países. Fomentaron cuidadosamente algunas teorías conspirativas que rápidamente se difundieron y fueron ciegamente aceptadas por sus súbditos. El resultado fue la inmolación de seis millones de judíos y la muerte de otros sesenta millones de personas. Cuando ingenuamente se pensaba que todo esto había pasado surgen, en nuestro siglo XXI, mentiras burdas que crean nuevas teorías de la conspiración como las que fomentan los fanáticos de “QAnon”en los Estados Unidos, o el recientemente famoso Javier Milei en Argentina. Este último es muy cercano al delirante Agustín Laje y a diversos pequeños “conspiranoicos” que tratan de restar credibilidad a la igualdad de género, a los objetivos de desarrollo sostenible, a los organismos internacionales o incluso al propio Papa Francisco. Se trata de toda una corriente que miente directamente y sin escrúpulos y que goza del poder de las redes sociales que, al igual que los mítines nazis de los años treinta, constituyen la plataforma ideal para capitalizar la perplejidad y el descontento del hombre de la calle causados, según afirman los estudiosos, por la destrucción del tejido social y la pauperización de la vida diaria, frutos ineludibles de las agotadoras políticas neoliberales.
Carlos García Torres
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