El ataque de los millonarios

El dinero coteja y seduce a la política desde hace siglos. Las primeras repúblicas del mediterráneo preferían como líderes no a los héroes homéricos sino a individuos sosegados y calculadores, poseedores de una bolsa llena de monedas tintineantes capaz de comprar todos los secuaces y los votos necesarios para alcanzar el poder. Cuando las nociones republicanas resurgieron en su forma actual los líderes de la revolución americana y francesa pensaron que la simple abolición de la nobleza sería el remedio para la inequidad. No imaginaron que una nueva clase nobiliaria surgiría al calor de la máquina de vapor y de las bolsas de valores. En Latinoamérica las mismas fortunas coloniales, adoptando un traje independentista, ocuparon los poderes en los nuevos estados. Se trata de una de las tantas debilidades de la democracia.

En el Ecuador esas grandes fortunas tienen un papel decisivo en la política. Su frente de vanguardia son los millonarios.  Ejercen el poder a veces mediante presidentes títeres, de apariencia desvaída y desganada que se limitan a escuchan las voces que les ordenan tal o cual política económica.  En otras ocasiones los propios ricachones quieren ser presidentes. León Febres Cordero fue el paradigma de esa riqueza activa que maneja al mismo tiempo la Constitución y la caja registradora. Luego Guillermo Lasso sacrificó valiosas horas de atención bancaria con el solo interés de salvar al Ecuador.  El resultado de sus esfuerzos no puede verse, principalmente por la misma ausencia de obras y por la escasez de energía eléctrica, pero también por la notoria falta de luces de aquel gabinete ministerial de ingrato recuerdo. Ahora un nuevo millonario otea el horizonte desde Carondelet y planea las formas de conservar el poder. Los medios que utiliza son implacables además de autoritarios y su asedio a la democracia ecuatoriana recién ha comenzado.

Carlos García Torres

cegarcia65@gmail.com

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