Dar o recibir

Cngo. Ángel Chávez

Hoy en día se habla más del “tener” que de “ser”, así mismo, se habla más de recibir que de dar. La ambición, la avaricia y el egoísmo, cada vez más enraizado en el corazón humano, nos hace individualistas e infelices. Próximos a la navidad quizá la pregunta más frecuente es ¿qué voy a comprar? o ¿qué me vas a dar? Cuando debería ser ¿qué voy a dar? ¿Qué voy hacer por mi hermano? En la vida nos damos cuenta que todo proviene de un gran don, todo es gracia que se recibe de Dios, es más, Él mismo se ha dado gratuitamente por nosotros, invitándonos a imitar ese acto continuo de generosidad y donación. Al final de nuestras vidas, en el día del Señor, tendremos que dar cuenta al Señor de lo que hemos hecho con nuestros bienes, con nuestra vida, ¿que hemos hecho por nuestro hermano?

En Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31 nos pone el ejemplo de “una mujer fuerte, ¿quién la hallará? Supera en valor a las perlas… trae ganancias, no pérdidas… abre sus manos al necesitado y tiende sus brazos al pobre… la que teme al Señor merece alabanza” Se trata de la mujer, la esposa, la hija, hermana o madre en la que se puede confiar; de la mujer más abierta a lo escatológico (la segunda venida del Señor), a lo espiritual, al amor por los pobres. No una mujer reducida al hogar, a la casa, a los hijos, sino aquella valorada por la gran capacidad de “decisión”. Ya que las cosas que merecen la pena, como las cosas de Dios, deben tener la importancia y la decisión que requieren.

El evangelio de san Mateo 25, 14-30 nos cuenta que Dios da a todos muchos talentos, no para que los guardemos y los echemos a perder, sino para ponerlos a producir. “El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos” Los dos están contentos porque arriesgaron y “han ganado”; un tercero enterró el talento y lo peor al final lo devuelve a su Señor. Dos han invertido y reciben la recompensa: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu Señor”; pero el tercero había recibido menos que los otros y obró con miedo, con irresponsabilidad, con pereza y recibió la paga que él mismo se fabricó. La cuestión es que aquí se juega la salvación, que no depende tanto de si se tiene más o menos; se es rico o pobre; sino de la respuesta a la gracia, que es algo personal y no permite excusas. La diferencia de talentos no es una diferencia de oportunidades. Cada uno espera la salvación, “velando”, poniendo todo su ingenio y creatividad. Resultando que dar es ganar y esperar solo recibir, sin hacer nada, es perder. Hay que invertir, arriesgarse, a poner nuestros talentos y bienes al servicio de los demás.

Además el tercer criado critica y provoca diciendo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra, aquí tienes lo tuyo”; ésta conducta bien podría reflejar la actitud de muchos cristianos de hoy ante el Reino de Dios, que ven al Señor como un amo exigente y arbitrario, que exige agobiantemente y sin medida, haciéndolos sentir esclavos bajo un yugo insoportable de mandatos y culpabilidad. Sin embargo, sabemos que Dios no quiere esclavos, sino colaboradores libres y responsables que se comprometen con el plan de promoción y salvación de lo humano, con su ser y su quehacer, porque, no se trata de un capricho suyo, sino del propio beneficio de la humanidad. Ser llamado a la colaboración con Dios en la obra de la creación y la salvación es un privilegio para el ser humano: encuentra su dignidad (colaborador de Dios), su contribución al bien de las personas y de la creación, su vocación y puesto en la vida.

Dice el papa Francisco, “el que no vive para servir, no sirve para vivir”. Los talentos son nuestras cualidades, habilidades, experiencia, nuestra propia persona como creyentes, que incluso en las circunstancias de enfermedad o disminución, cuando parece que ya no podemos aportar nada práctico, nuestra fe, esperanza y amor, es una contribución esencial y necesaria. El fruto nace de dentro, tiene una eficacia misteriosa que transforma al que se ha entregado personalmente, haciéndolo más persona y más hermano; más imagen de un Dios “que está siempre obrando” (Jn 5, 17) en favor nuestro. Esta llamada a velar y trabajar se dirige a todos y no solo a los que tienen grandes responsabilidades. No podemos quedarnos solo quejándonos, criticando y echándole la culpa a Dio de todo mal, Él es el autor de todo bien y jamás del mal, Él siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos a nosotros y enseñarnos que “que hay más alegría en dar que en recibir”, porque nuestra gloria está en aportar para la Gloria de Dios y para el bien de la humanidad.

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