La acción sin pensamiento equivale a nada, y el pensamiento sin acción va por el mismo camino.
Vivimos en un tiempo donde criticar es casi una costumbre diaria. Escuchar a personas como yo en la radio, la televisión y las redes sociales se ha vuelto parte del paisaje. Pero quiero aclarar que aquí no hablo de la crítica académica ni de un análisis formal. Me refiero a esa crítica como estructura, esa forma de ver el mundo donde siempre estamos señalando lo malo, lo que falla, lo que no funciona.
Y sí, esa mirada es necesaria. Criticar lo que está mal es importante, pero no es suficiente. La crítica, por sí sola, exige también una respuesta propositiva y una participación política. Es muy fácil quedarse en la crítica, pero es difícil actuar. Lo complicado comienza cuando uno intenta cambiar algo (aunque sea pequeño) y descubre que no siempre hay una recompensa monetaria ni reconocimiento.
Y eso no está mal. Buscar el bienestar común nunca será un error. Lo preocupante es que hoy muchas personas solo quieren hacer algo si obtienen una ganancia económica. La vida no se trata de hacerlo todo gratis ni de cobrar por todo, especialmente cuando se trata del bien común.
El compromiso social significa entender que hay cosas que deben hacerse simplemente porque son necesarias, porque construyen, porque ayudan a mejorar la vida colectiva. Criticar sin proponer ni involucrarse es un camino vacío. Pensar sin actuar también lo es.
Es cómodo sentarse a observar lo malo. Lo difícil es dar el paso, sumarse, participar, proponer y construir, aunque no haya aplausos ni premios personales. Lo valioso es comprometerse con las causas comunes, no solo cuando hay dinero de por medio.
Necesitamos equilibrar la crítica con la acción. Aportar al bien común es, en realidad, una ganancia para todos.
Criticar está bien, pero actuar está mejor.
Víctor Antonio Peláez
@victorantoniopelaez (Instagram)