En Loja nos llenamos la boca diciendo que somos la capital cultural, la ciudad donde todos saludan y sonríen. Pero hay que decir las cosas claras: muchas veces, esa «buena educación» es una simple máscara. Somos amabilísimos de frente, pero apenas damos la vuelta, empezamos con los chismes y rumores. Creemos que con dar los buenos días y mantener las formas ya somos grandes ciudadanos, cuando en realidad solo le huimos a los problemas de fondo. Confundimos la hipocresía con la decencia.
Una ciudad no está sana solo porque nadie haga escándalo. Está sana cuando su gente tiene las agallas de incomodar si las cosas no funcionan. Cuando ves de cerca cómo se mueven otras sociedades en el mundo, notas rápido un patrón: las que avanzan no son las que se quedan calladitas para no molestar. Son las que exigen y defienden lo suyo en la calle. Bajar la cabeza, aguantar todo y luego murmurar a escondidas no es ser culto; es ser cómplice.
Esto lo vemos a diario, desde los pasillos de la universidad hasta la cafetería o la plaza. Puedes ser el tipo más cortés de la cuadra, el que nunca enfrenta a nadie cara a cara y, al mismo tiempo, que te importe un rábano que falte trabajo o que nuestra ciudad se estanque.
Ser un buen lojano tiene que ser mucho más que saludar bonito y hablar por la espalda. Implica ensuciarse las manos, alzar la voz de frente y dejar de sonreír cuando toca reclamar lo justo. Hay que dejarnos de apariencias y empezar a involucrarnos en serio. Porque al final del día, con tanta doble moral y cortesía fingida, mucho tilín tilín y nada de paletas.
Victoriano Benigno Suárez Álvarez
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