La presencia vacía

Hace unos días, en la plaza de San Sebastián, mi hija de cinco años bajó de los carritos eléctricos pidiendo más tiempo. Señaló a otro niño que llevaba un buen rato dando vueltas: —Papi, ¿por qué él sí puede seguir? —Mira bien al papá y al niño, amorcito—le dije. Ella observó un segundo y me respondió con una crudeza que me partió el alma: —Qué pena, papi. Mejor juguemos.

Ese padre llevaba veinte minutos con la cara pegada al celular. Ni una sola mirada hacia arriba. Ni un gesto de complicidad. El niño solo giraba y giraba, profundamente aburrido e invisible para el papá. Dudé entre decirle algo o tener la tarde tranquila con mi hija. Elegí lo segundo, pero la escena no deja de perseguirme y hace que piense en cuántos niños habrá en la misma situación.

Solemos escudarnos en el cansancio del trabajo, el estrés o las complicaciones de la vida. Pero seamos honestos: eso no es cansancio, es dejadez. Es una negligencia afectiva disfrazada de rutina. De nada sirve pagarle a un hijo más tiempo de juego o comprarle más juguetes si solo le regalamos una presencia vacía.

Nuestros hijos no piden días enteros de atención; piden tiempo de calidad. Piden que nuestra mente esté donde está nuestro cuerpo. No permitamos que una pantalla reemplace la mirada que ellos necesitan para sentirse amados.

Apaguemos el teléfono y encendamos la vida. La infancia no espera a que terminemos de revisar las redes; se está terminando justo ahora, frente a nuestros ojos desconectados y nunca volverá.

Victoriano Suárez Álvarez

victorianobenigno@gmail.com

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