
Cuando desperté, el sol me miraba, mis ronquidos le despertaron más pronto que de costumbre. Corrí a la ducha, ni gota de agua. Reclamé a la empresa. Hay una falla, para el medio día se reinstalará, fue la contestación. Tampoco desayuné.
Tenía que ir fuera de la ciudad, prendí el carro, otro mal estacionado bloqueaba la salida. Después de una larga espera apareció mi verdugo. Le pregunté si no había leído el letrero de no parquear. Me envió al lugar que nadie quiere ir, además, orgullosamente dijo que era libre.
Al llegar a la avenida, un taxista buscando pasajeros, rozó con su llanta mi guardafango, paré, el causante huyó. Llamé la atención al vigilante de tránsito que chateaba y sin mirarme contestó, sígale, no ve que estoy a pie.
Aceleré el motor de mi viejo Vitara, no por mucho tiempo, una larga fila de automotores que avanzaban como en un funeral. Dos trailers comandaban, un bus interprovincial, vehículos pequeños, luego un camión siete toneladas, un tanquero, yo y dos más a la cola.
<<¿Como es posible que en la principal carretera de mi ciudad se origine este congestionamiento?>> Palabras fuertes llenaron la soledad de mi vehículo.
De rato en rato caía en los cráteres de la vía asfaltada.
Una hora diez minutos para treinta y dos kilómetros de distancia y en pleno siglo veintiuno. Aburrido, leo a mi derecha en un paredón, “recuperaremos la patria”. Ya no pude más. Arrepasé mis primeros pasos del día. Grité: ¡Chuta! Me levanté con el pie izquierdo.
Jaime Vinicio Meneses Aguirre