El nombre de Salvador Bustamante Celi es muy grato para cada lojano. Se trata de un autor y compositor muy exquisito que nos ha dejado una vasta herencia musical.
De esa herencia musical quiero ahora decir unas palabras. Porque ahora es la parte del año que más nos trae esperanza, felicidad, alborozo. Es la época del año en que recordamos la venida a la tierra de un Niño pobre, solo con sus padres, desamparado de los hombres. Un Niño que, después de treinta y tres años, quedará “despreciado de los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, uno de aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él” (Is 53, 3).
Salvador Bustamante nos inunda el aire con la alegría de la venida de dicho Niño: escribe villancicos y les pone la música. Hasta nosotros nos han llegado algunos de ellos, que ya los cantábamos cuando estábamos en la escuela, allá por la mitad del siglo pasado. Se hicieron populares por cuanto el coro de los Pibes Trujillo los grabó en un disco de larga duración. Indico los títulos de los que asomaron en ese disco: No sé niño hermoso; Dulce Jesús mío; Niño si el amor; Desde el alto cielo; Claveles y rosas; Ya viene el niñito; Entre paja y el heno; Duerme niño; Lindo niño; y, Bienvenido seas.
Este último título me induce a decirle con fervor “Bienvenido seas, mi Niño adorado; bienvenido seas, mi Niño de amor”.
Bienvenido, porque me traes la paz para mi espíritu inquieto en cuestiones terrenales, que no me permiten un minuto para pensar en la promesa que me tienes hecha. Esa promesa de un cielo sin rencores ni envidia. Porque me traes la libertad tan apetecida por todos, pero tan difícil de ejercerla. Y por el amor que me tienes, que hasta has dado tu vida por mí.
¡Bienvenido seas, mi Niño adorado!
Carlos Enrique Correa Jaramillo
cecorrea4@gmail.com