Aniversario

Todo tiempo de la vida se divide -herencia de la existencia religiosa- en ordinario y extraordinario: el primero, permite la reproducción cotidiana de la vida, naturalizando ciertas prácticas, haciendo común determinadas formas de pensar, sentir, y convivir, en suma, haciendo de la vida una rutina. El tiempo extraordinario, en contraste del ordinario, se nutre del franquear permanentemente los límites de lo establecido, se alimenta de transgredir el corpiño tradicional de lo vedado, y le muestra, a la existencia cotidiana, formas que alteran la normalidad para develar otras formas, otros sentidos, otras miradas.

Estos son días de final, de cierre, de clausura del tiempo ordinario. El calendario agota sus posibilidades para abrir la ventana de un nuevo año signado por la incertidumbre angustiosa de la crisis. Frente a ello, la humanidad necesita de días festivos que le permitan escapar momentáneamente del abismo de preocupaciones que asfixian la cotidianidad de la mayoría de la gente.

Vivir buscándole un sentido a la existencia puede agotar la vida sin haber encontrado el sentido deseado. Séneca, en ‘La brevedad de la vida’ sostiene que es escasa la vida que vivimos, y que la mayoría de nuestra existencia es tiempo transcurrido y no vida plenamente vivida. En los nuevos comienzos se ha de procurar no solo vivir bajo la sombra rutinaria de lo ordinario, sino ir desgarrando al tiempo nuevos espacios para las formas extraordinarias, capaces de darle nuevos sentidos, nuevos vientos, nuevos tiempos de vivir la misma vida.

Pablo Vivanco Ordóñez

Pablojvivanco96@gmail.com