Alto a la pirotecnia

Cada vez que un petardo estalla, hay alguien que llora sin que nadie lo vea. Puede ser el niño autista que se tapa los oídos; el perro callejero que cruza la carretera desorientado; el pájaro que sale despavorido en cada ruido: o el río que recibe restos de pólvora y metales pesados que no se disuelven.

En Zapotillo, cantón fronterizo que limita con el Perú, un colectivo de ciudadanos presentó una interesante iniciativa al Cabildo Municipal para que sea elevada a ordenanza, la cual busca prohibir la pirotecnia. Aunque la respuesta por parte de las autoridades municipales sigue tardando, hay esperanza que el derecho a la tranquilidad sea acogido.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el oído humano tolera hasta 65 decibeles; un cohete supera los 140. Ese exceso no solo perfora tímpanos; desgarra la paz mental de quienes viven con sensibilidades sensoriales y dispara el instinto de huida en perros, gatos y aves que confunden los estallidos con depredadores. En agosto pasado, la clínica veterinaria local atendió 14 casos de traumas por pánico animal en menos de 48 horas; uno de ellos murió de un infarto.

La pirotecnia es el ejemplo perfecto de cómo la cultura puede volverse crueldad disfrazada de tradición. “Es solo ruido”, dicen algunos. Pero el ruido también es violencia. Violencia acústica que segrega a quienes no pueden defenderse y que convierte la fiesta colectiva en tortura privada.

La meta del colectivo ciudadano es reunir, al menos, 3.000 firmas antes del 15 de agosto, cuando las fiestas de cantonización de Zapotillo están en auge y suelen convertirse en sinfonía de estruendo. No se trata de quitarle color al cielo; se trata de devolverle silencio a quienes no pueden taparse los oídos.

Zapotillo puede ser el primer cantón de la frontera que apague la pirotecnia para encender la empatía. O puede seguir celebrando a costa de los más vulnerables. El Cabildo tiene la palabra.

César Sandoya Valdiviezo

cesarsandoya@hotmail.es

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