Llevamos años con la discusión sobre el tamaño del Estado en Ecuador. No sorprende, en lo absoluto, que los defensores de su reducción -hoy gobierno- necesiten de su ausencia para beneficios particulares. Tampoco asombra que en el ejercicio del poder público ocupen el aparato estatal para intensificar los procesos de acumulación en detrimento de las mayorías. Lo que sí llama la atención es que a pesar de la profundización de los conflictos sociales producto del abandono estatal dirigido por el capital financiero y potenciado por la pavimentación neoliberal morenista, no comprendamos que la eliminación de lo común, de lo público, solo nos afecta a nosotros, a los comunes.
Evidentemente, la recuperación del Estado no es la fórmula mágica para la solución de los problemas sociales, pero sin lugar a dudas es fundamental para la recuperación de lo común. Esto significa desafiar la desarticulación social ya instalada y deliberar con miras a lo colectivo, pero nada de lo mencionado se materializará sin nuestra incidencia, es decir, necesitamos radicalizar la democracia.
Es interesante cómo la posibilidad de encontrarnos requiere del quiebre del Gobierno del Encuentro. Al final, la desastrosa imposición neoliberal -ahora latente- abrió puertas de cambio, en tanto se entienda que la austeridad no es más que un discurso que desprotege a los más vulnerables para resguardar a los más favorecidos. Por eso, debe saberse que el Estado está ahí, pero bancarizado; establecido para todes, pero ejercido para pocos. En mi opinión, su extravío aun legitimado en las urnas no supone, bajo ningún concepto, su aceptación. Por ello, la lucha es más amplia y sensible, estamos entre la sobrevivencia y la vida. Yo prefiero la vida, ¿ustedes?
Jorge Zaruma Flores
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