Las últimas semanas han traído de vuelta esa papeleta multicolor, plena de muchos candidatos, que se ha convertido en una añorada tradición ecuatoriana. Es el resultado del llamado irresistible de las masas, del deber auto impuesto de salvar a la Patria. El destino glorioso llama a esos diecisiete o dieciocho elegidos que ungidos por su propia vanidad buscarán resolver de una vez por todas los problemas del país. Una luz especial los ilumina y les otorga un aura de pioneros, de próceres, de libertadores. Los vemos posar con la mirada soñadora de Bolívar contemplando el Chimborazo, con la expresión resuelta de Sucre al enfrentar la batalla del Pichincha. Comprendemos que la severidad de García Moreno frente a la corrupción o la inquebrantable voluntad de Alfaro cuándo construía su ferrocarril fueron sólo pálidos preludios de la gloria que aguarda a nuestros prometidos líderes. Cuál más cuál menos tiene la receta infalible que salvará al país y que con bien pensada simplicidad puede enunciar en dos o tres palabras, en un eslogan pegajoso que se repetirá sin descanso en carteles, en entrevistas, en pancartas, aunque con toda probabilidad jamás se hará realidad. En pocos días veremos a las multitudes llenar plazas y calles para saludar con cariñosos vítores al gran candidato. Los acólitos más cercanos, convertidos en asistentes, se afanarán con pañuelos, con bebidas fortificantes, con oportunas advertencias que ayudarán a calibrar el discurso de acuerdo con cada ciudad y con cada situación. Pero el estimulante supremo es siempre ese calor de las masas que envuelve y eleva a quien ocupa una tarima pública y que lo convence, discurso tras discurso, de que se ha producido un romance fatal entre el pueblo y su persona y de que, pese a todas sus infidelidades, sobrevive incólume aquel amor de política ligera.
Carlos García Torres
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