Hace algunos meses asistí al cabildo en el que se socializaron los proyectos de peatonización impulsados por el Municipio de Loja. Lo primero que me llamó la atención fue escuchar que “se había consultado con todos los vecinos del sector”. Vivo cerca de estas intervenciones desde hace años y, al preguntar a varios vecinos si alguien del municipio les había consultado algo, la respuesta fue la misma: no. Más que un proceso real de participación, aquello pareció una justificación destinada a legitimar un supuesto respaldo ciudadano.
Conviene entonces preguntarse qué se intenta comunicar cuando se recurre al concepto de urbanismo táctico. En teoría, este alude a intervenciones de bajo costo, rápida ejecución y carácter reversible, orientadas a producir efectos inmediatos sobre el espacio urbano. Pintura, mobiliario económico y medidas temporales suelen formar parte de este repertorio. En Loja, sin embargo, su aplicación se parece más a un recurso improvisado que a una estrategia urbana seria.
El problema es que estas acciones pueden terminar estetizando la precariedad de la gestión pública. Funcionan más como dispositivos de marketing urbano o “proyectos estrella” que como respuestas estructurales a los problemas de la ciudad. En lugar de transformar, distraen. Y al hacerlo, desplazan el verdadero debate: la falta de planificación urbana integral y las dificultades reales de Loja en movilidad, servicios, espacio público, ordenamiento territorial y calidad de vida.
Por ello, cabe preguntarse quién realmente gana insistiendo en proyectos que se presentan como técnicos, pero que no muestran la consistencia necesaria para sostener ese calificativo. Porque tener datos o estadísticas no convierte automáticamente una intervención en seria, funcional ni efectiva. Como suele decirse en investigación, si se tortura lo suficiente a los datos, terminan diciendo cualquier cosa.
Víctor Antonio Peláez
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