Una de las formas más sabrosas de dimensionar holísticamente el derecho y, en consecuencia, entender la justicia con todos sus bemoles, es el arte. Ahí está, por ejemplo, la narrativa palaciana, el mundo quijotesco de Cervantes, la película «Doce hombres sin piedad», o «Farsa y justicia del señor corregidor», del erudito dramaturgo español Alejandro Casona, puesta en escena hace algunos días por Teatro Quimera del Municipio de Loja.
Una comedia clásica tan extraordinaria, tan potente merecía, como en efecto sucedió, un montaje de gran envergadura que posibilitó una genuina dualidad: reír abiertamente mientras se reflexiona con profundidad.
La obra nos presenta a un corregidor corruptamente obeso que, junto a su secretario, disfruta de un lechón de jabalí que ha sido robado, por orden de la misma autoridad, por Juan Blas, el posadero. Cuando a este le acusan, acude ante el corregidor para pedir su auxilio. El prontuario de presuntos delitos es absolutamente genial: un robo, un mal parto, cuatro costillas rotas y un rabo de burro.
A partir de entonces lo cómico del absurdo es una constante en los hechos: mientras huye del cazador tras el robo, el posadero le rompe cuatro costillas a un peregrino; huyendo de este, atropella a la mujer del sastre, que está embarazada, y cuando intenta escapar en un burro, el animal no colabora y se echa al suelo. Cuando el posadero pretende levantarlo, le arranca el rabo al pobre animal.
Ya en el juicio, y previo acuerdo, el señor corregidor administra justicia no solo de manera hilarante, sesgada, parcializada y corrupta, para absolverse a sí mismo, sino también anteponiendo la religión como parámetro para juzgar y condenando, antes que, al acusado, a los mismos querellantes. Como cuando al cazador le dictamina la inquisición por menospreciar los santos evangelios…
Se trata, en el fondo, de una asombrosa radiografía que sugiere la manipulación del sistema judicial y las leyes; el abuso, la farsa y la hipocresía del poder, y la injusta justicia que, en nombre y por autoridad de la gula, se superpone no solo a las legislaciones, sino a los derechos de los ciudadanos, a la razón y a un deber ineludible: la búsqueda de la verdad.
Farsa y justicia acaso como unicidad incuestionable.
José Luis Íñiguez Granda
joseluisigloja@hotmail.com