(Hago hoy una pausa en mi línea editorial habitual, porque el clima actual nos exige una reflexión comunitaria urgente).
En la película Perdida (Gone Girl), vemos cómo una acusación prefabricada basta para que la opinión pública dicte sentencia mucho antes de que un juez siquiera abra el expediente.
El derecho evoluciona para corregir desigualdades. Nuestra legislación incorporó un necesario «sesgo positivo» para equilibrar la balanza, logrando triunfos históricos como visibilizar el femicidio, o reformar la jurisprudencia ecuatoriana para garantizar que el padre —y no solo la madre por default— tenga derecho a la convivencia con sus hijos.
Sin embargo, toda herramienta de protección corre el riesgo de ser instrumentalizada. Hoy enfrentamos la peligrosa tendencia de las falsas denuncias. En estos casos el objetivo no es buscar justicia, sino activar el gatillo mental del daño reputacional absoluto en la sociedad.
En la era de las fake news, esto es devastador. Vemos a diario cómo las personas comparten contenido destructivo simplemente porque «lo vieron en Facebook». A las generaciones mayores, en particular, les cuesta asimilar que no todo lo que se publica en la red es verdadero. Así, sin querer, se convierten en amplificadores de un juicio mediático que aniquila la credibilidad ajena en segundos, mientras el debido proceso avanza a pie.
Frente a la inmediatez del linchamiento digital, guardar la debida precaución y negarnos a juzgar a priori ya no es solo una cuestión de prudencia personal. Hoy por hoy, la cordura digital es nuestro mayor activo comunitario.
Marlon Tandazo Palacio
marlonftp@gmail.com