El país de las explicaciones convenientes

En Ecuador hemos perfeccionado un talento curioso: siempre encontramos una explicación para todo, menos una responsabilidad clara. Si faltan medicinas, la culpa viene de años atrás. Si crece la violencia, hablamos de herencias. Si una organización política queda fuera de competencia, se dice que la ley simplemente “hizo su trabajo”. Y si alguien pregunta demasiado, enseguida aparece la etiqueta correspondiente.

Qué tranquilidad.

Mientras tanto, las reglas electorales cambian, los organismos llamados a garantizar imparcialidad despiertan más dudas que certezas y la justicia parece caminar con distinta velocidad según el nombre del investigado. Para unos, toda la fuerza del Estado. Para otros, prudencia, silencio y tiempo. Mucho tiempo.

Además, seguimos viviendo bajo estados de excepción que dejaron de parecer excepcionales. La seguridad se anuncia con uniformes, operativos y discursos firmes, pero los barrios continúan con miedo, los niños siguen siendo reclutados por bandas y las familias sobreviven entre empleos precarios, hospitales desabastecidos y una educación pública que resiste como puede.

Eso sí, los indicadores macroeconómicos mejoran. Nos dicen que hay estabilidad, reservas y confianza. Excelente noticia. El pequeño detalle es que la estabilidad todavía no llega completa a la mesa, a la farmacia ni al aula.

Y los medios, salvo honrosas excepciones, parecen demasiado ocupados administrando versiones. Preguntan poco, suavizan contradicciones y convierten decisiones graves en otra polémica de temporada. Mañana habrá un nuevo titular y todos seguiremos adelante.

La verdad es que la democracia no se rompe únicamente cuando desaparecen las elecciones. También se vacía cuando competir depende de decisiones dudosas, cuando fiscalizar se confunde con perseguir y cuando el ciudadano aprende a justificar cualquier abuso porque perjudica al adversario.

Quizá el problema no sea que no entendamos lo que sucede. Tal vez lo entendemos perfectamente.

Solo hemos decidido que indignarse incomoda, pensar cansa y callar, por ahora, resulta bastante más conveniente.

Álex Daniel Mora Arciniegas

alexmorarciniegas@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *