La vieja costumbre de culpar a los demás

Un fenómeno muy singular- y al mismo tiempo preocupante- es cada vez más común en la sociedad lojana: casi, casi toda situación negativa que nos ocurre terminamos atribuyendo a los demás. Pocas veces hacemos el ejercicio de mirarnos a nosotros mismos.

Un estudiante asevera que obtuvo una mala calificación porque el profesor “no sabía enseñar”, pero no reconoce que no estudio lo suficiente. Un ciudadano protesta porque la ciudad está sucia y asegura que las autoridades no hacen nada por el aseo, aunque muchas veces es él mismo quien arroja basura en cualquier lugar. Un conductor culpa del desorden vial a los demás, mientras él estaciona su vehículo donde le conviene, irrespetando las normas de tránsito. Una cierta persona soborna a un funcionario y sostiene que la administración pública y privada es corrupta.

Todos exigimos cambios, pero no siempre estamos dispuestos a cambiar primero.

¿Por qué sucede esto? Porque nos resistimos a aceptar nuestros propios errores. Resulta más cómodo trasladar la responsabilidad a terceros que asumir nuestros deslices con honestidad y madurez. Culpar a otros alivia momentáneamente la conciencia, pero empobrece la capacidad de autocrítica y amortigua la conciencia.

Las sociedades no se deterioran únicamente por culpa de malos gobiernos o de quienes nos gobiernan; también se van apagando cuando los ciudadanos renunciamos a nuestras responsabilidades individuales e incluso colectivas. Ninguna ley, autoridad o sistema puede reemplazar valores como la disciplina, el respeto, la honestidad y la conciencia cívica.

Ante esta realidad, quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea únicamente exigir derechos, sino aprender reconocer nuestros propios deberes. Porque una sociedad comienza a mejorar el día en que cada persona deja de preguntar uno por uno “¿Quién tiene la culpa?” y empieza también a preguntarse también: “¿qué responsabilidad tengo yo en esto?”.

Esta reflexión echa mucha luz en el camino que nos conducirá a transformar nuestra forma de pensar y actuar.

Jaime A. Guzmán R.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *