La humanidad en tensión

Uno de los puntos de llegada de la “técnica” es hacer explotable el mundo, es decir, sacar de él el mayor rédito que sea posible a través de sus productos, que sirven como herramientas extractoras de valor. Los avances de la técnica, en todos los campos, no pueden ser considerados buenos por sí mismos, porque no obedecen a una neutralidad, ni son una creación aleatoria, y su funcionalidad no surge de manera espontánea. Hoy que deben hacerse esfuerzos por descubrir los fines que están detrás de las creaciones técnicas y tecnológicas, el lugar del que provienen, y los fines no declarados que se ocultan tras su apariencia.

En los últimos tiempos no se ha dejado de hablar de la inteligencia artificial, por toda la potencia que trae consigo y sus efectos, aunque no puedan advertirse en su totalidad. Por eso han proliferado las discusiones sobre lo posthumano, como si el delirio del triunfo total de las máquinas fuese irreversible.

Esa preocupación es la que ha llevado al papa León XIV a escribir su encíclica Magnifica Humanitas, en la que repasa algunos de los problemas de la artificialidad de la inteligencia y la necesidad de rescatar el valor humano, de la “magnífica humanidad”. El papa afirma que la IA no es “moralmente neutra” ni tampoco es políticamente neutra. Hay un modelo de sociedad que esta prefigura: una sociedad que delegue sus decisiones y sus operaciones del pensamiento; una que le dé la ilusión de saberlo todo —ignorándolo todo—; una sociedad que renuncie a la complejidad y que entregue la humanidad a las manos de la técnica, la misma técnica que ha fabricado los más feroces mecanismos de exterminio y que, bajo nuevas apariencias, sigue perfeccionando su dominio sobre la vida.

Pablo Vivanco Ordóñez

pablojvivanco@gmail.com

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