Ayer, a través de varios actos cívicos, Ecuador recordó la gesta libertaria del 24 de mayo de 1822 cuando, la Real Audiencia de Quito, alcanzó la independencia definitiva, tras librarse la batalla de Pichincha cuando el ejército patriota, liderado por Antonio José de Sucre, derrotó a las huestes realistas al mando de Luis de Aymerich, que terminó con el dominio peninsular sobre nuestro territorio. La pluma de Manuel J. Calle, de manera hiperbólica, deslumbró la valentía del cuencano Abdón Calderón que murió en esa lid.
Han transcurrido 204 años desde entonces y, la Real Audiencia de Quito, pasó a ser Distrito del Sur durante la Gran Colombia y, tras separarse en 1830, tomó el nombre de Ecuador, país de generosa extensión territorial en ese entonces (aproximadamente 1.200.000 K2) que, luego de invasiones de sus malos vecinos, sobre todo desde el sur, ha quedado reducido a escasos 283.561 Km 2, según las cifras oficiales del Instituto Geográfico Militar.
La pregunta que nos hacemos los más de 18 millones de ecuatorianos es sí, ahora, ¿somos realmente libres? Es obvio que no estamos sometidos a ningún tipo de coloniaje al estilo medieval; sin embargo, diera la impresión que, disfrutando de la libertad que lograron nuestros héroes, por momentos, parece que, hasta nos cuesta respirar porque sentimos manos que nos aprietan y otras que nos tienen atados a pesadas cadenas que nos impiden caminar.
En lo externo, nuestro país está asfixiado por deudas a organismos internacionales que, cada vez crecen y crecen, en detrimento de las necesidades prioritarias que requerimos los ecuatorianos como salud, educación, trabajo, vialidad, alimentación y un largo etcétera que debe preocupar al mandatario de turno. En lo interno estamos viviendo los momentos más terribles de nuestra historia con una política destructora que mira solo por sus intereses; y, lo más grave, con una inseguridad que aterra pues, el crimen organizado, el sicariato, el narcotráfico y una corrupción que no deja un solo espacio, están acabando con lo poco que queda del país.
Seremos libres de verdad cuando abracemos la bandera de nuestros héroes, y rompamos todas esas cadenas que nos tienen sumergidos en la oscuridad y el temor.
Darío Granda Astudillo
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