Si Ecuador lograra articular una verdadera cohesión social, fundamentada en símbolos de desarrollo y bienestar común, el país finalmente emergería de la penumbra institucional que lo asfixia. Aunque el panorama histórico no ha sido exclusivamente negativo, nos enfrentamos hoy a una realidad preocupante: las nuevas generaciones no parecen constituir el cimiento sólido necesario para resistir los embates del futuro. Existe una desconexión evidente entre la juventud y el debate sobre los problemas estructurales de la nación; una ausencia de pensamiento crítico que es reemplazada por una presencia omnipresente en escenarios volcados hacia la frivolidad.
Un ejemplo sintomático es el esfuerzo desmedido volcado en completar el álbum del mundial. Un catálogo de figuras deportivas, logra lo que la política pública no ha podido: generar una cohesión absoluta. En ese microcosmos del intercambio de cromos existe comunicación fluida, una economía de escala orgánica y un lenguaje donde todos los participantes parecen ganar. Sin embargo, cabe preguntarse qué vacío llena este fenómeno o qué motiva un clímax de participación tan masivo. Surge entonces una duda razonable: ¿es esta una verdadera unión colectiva o simplemente un ejercicio reservado para quienes poseen la capacidad económica de costear un pasatiempo que no es barato?
Lo que resulta innegable es que esta «ola colectiva» tiene la capacidad de silenciar temporalmente la convulsión social en la que vivimos. El desafío urgente es trasladar ese mismo ímpetu al ámbito político. Debemos cuestionarnos si seremos capaces de generar una tendencia similar donde la ciudadanía, sin excepciones participe activamente en la propuesta de ideas y proyectos articulados para el beneficio común.
Es imperativo despertar de este marasmo y transitar hacia una participación proactiva. En el escenario actual la presencia de una sociedad civil ética, transparente y propositiva no es opcional, es una urgencia vital para dar un vuelco significativo a la forma de hacer política en el país. Solo así, sustituyendo lo efímero por lo trascendental podremos construir el Ecuador y la Loja deseada.
Paúl Cueva Luzuriaga
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