En días pasados, la ANHEL organizó un simposio sobre Isidro Ayora, a propósito de los cien años de la institucionalización del país. En tiempos donde el vértigo político suele devorar la memoria colectiva, volver la mirada hacia Ayora significa reencontrarnos con una figura que entendió que el poder no es un privilegio personal, sino un servicio público y compromiso con su tierra.
Hay quienes abandonan su terruño apenas alcanzan reconocimiento nacional. Sin embargo, Isidro Ayora jamás rompió el cordón espiritual que lo unía con Loja. Es así que además de las grandes obras que todos conocemos, impulsó el desarrollo en el sur de la patria al construir la carretera que unió a Loja con la Costa, abriendo rutas para el comercio, la movilidad y la integración nacional. Promovió además el libre comercio con el Perú, comprendiendo que las fronteras no debían ser muros sino puentes de encuentro y crecimiento regional.
Pero quizás su legado más luminoso fue aquella visión humanista respecto a la mujer ecuatoriana. Durante su gobierno se consagró el derecho al voto femenino, hecho histórico que transformó para siempre la democracia nacional. Asimismo, apoyó a Matilde Hidalgo permitiendo que realizara sus prácticas cuando muchos pretendían cerrarle las puertas por ser mujer. Ayora Impulsó iniciativas sociales como la Casa Cuna, promoviendo una participación sociopolítica femenina más activa. Incluso en el ámbito cultural y espiritual fortaleció la religiosidad popular a través de la coronación de la Virgen del Cisne, entendiendo que la identidad de los pueblos también se sostiene en sus símbolos y tradiciones.
En el terreno ideológico, rompió las estructuras del liberalismo tradicional y apoyó la consolidación del movimiento socialista en Loja, demostrando apertura a nuevas formas de pensamiento social en beneficio de las mayorías.
Felicidades a la Academia Nacional de Historia por promover encuentros de elevado valor intelectual y ciudadano. Estos espacios permiten que las nuevas generaciones comprendan que la historia no es un museo de fechas muertas, sino una brújula para el presente. Como lojanos tenemos una deuda con Isidro Ayora, su vida deja una lección urgente para quienes hoy incursionan en la política, la academia o el servicio público: el verdadero liderazgo no se mide por el poder acumulado, sino por la capacidad de tender redes de apoyo, que nos conviertan en puentes y no en obstáculos.
Lucía M. Figueroa Robles
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