Nuestra vida política se desarrolla en un tejido de pequeños escándalos. Todos los días las redes sociales hilan un tapiz en el que se refleja un minúsculo detalle del gran cuadro de podredumbre nacional. Se discuten las condiciones del escándalo de turno, se meditan sus consecuencias, se arman discusiones agrias sobre las figuras involucradas y, como corolario de toda esta actividad social, se arriba exactamente al mismo vacío, a la misma nada en la que se hunde el Ecuador desde hace algunos años. Los rumores y el consiguiente alboroto que provocan constituyen lo que bien se podría llamar el nuevo opio de los pueblos. Los innumerables locutores e “influencers”, que trabajan bajo riguroso contrato con el poder, ganan sus reales soltando a todas horas su carga venenosa de palabras dirigida a crear inquietud y tumulto. Entonces todas las cabezas se olvidan de lo fundamental y optan por nadar en la jugosa superficie de la ruina moral de las figuras públicas. Los pecados políticos que salen cotidianamente a la luz pueden ser nuevos o añejos, poco importa. Lo que se busca, en el fondo, es que la gente deje de pensar en la situación en que nos encontramos y en las posibilidades de futuro que se nos escamotean. Esto es lo fundamental. Olvidamos nuestra trágica carencia de una visión del futuro que queremos. Concentrados como estamos en las minucias ajenas, de uno y otro bando, dejamos de pensar en ese porvenir que, oscuro y desbocado, se viene a galope. La inacción de hoy destruye el mañana. Y la construcción del futuro que necesitamos solo puede realizarse con liderazgos colectivos. Con la participación de personas que dejen de ser apáticos repetidores de chismes y se conviertan en ciudadanos de verdad. Los últimos tiempos han demostrado que es locura confiar a la actual clase política el monopolio de la búsqueda de las direcciones que debe tomar el Ecuador en los próximos años. Las universidades, los gremios, las comunidades deben tomar la posta del pensamiento y poner bajo la discusión pública los grandes temas, ambientales y sociales, que no caben en las cabecitas dormidas de nuestros intrépidos líderes.
Carlos García Torres
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