Lo que ocurre hoy en Gaza no es un conflicto. Es la máxima expresión de la deshumanización a día de hoy. Un escenario que quiebra cualquier norma del derecho internacional. Las bombas no distinguen entre combatientes y niños, entre hospitales y hogares; destruyen vidas como si fueran estadísticas.
No se trata solo de pólvora. Es la estrategia del hambre, del desplazamiento forzado, de la falta de agua. Cada hospital que cae, cada escuela que arde, cada gota de agua negada, envía un mensaje atroz «lo que esta dentro no debe salir ni sobrevivir». Los indicios de limpieza étnica no son rumores o simples informes de organismos internacionales o de la ONU; son la evidencia de un plan cruel que el mundo observa, en silencio. Cada hogar destruido, cada vida arrebatada, es un grito que nos llama y nos acusa. La destrucción no es abstracta; tiene rostros, nombres y lágrimas que no pueden ser ignorados.
Mientras la ayuda humanitaria no pasa las fronteras y los bloqueos condenan a familias enteras a la inanición, la comunidad internacional permanece impasible, atrapada entre la diplomacia tibia y la indiferencia. Gaza se convierte desgraciadamente en el espejo de nuestra moral rota. Callar ahora, es aceptar que la vida en Palestina, tiene menos valor que cualquier cálculo político.
Exigir un alto el fuego no es un gesto simbólico. Es la única vía posible contra una brutalidad que no pide permiso. Normalizar este infierno bajo el pretexto de la seguridad, es traicionar los principios básicos de la humanidad.
Quien guarda silencio ante este horror no está al margen, se constituye como cómplice. Y la historia no olvidará a quienes pudieron detener la matanza y eligieron mirar hacia otro lado.
Gaza grita. Nosotros debemos responder.
Néstor S. González Marca
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