Hace pocos días vi y escuché a Joan Manuel Serrat – a quien admiro profundamente- en un acto organizado en la Universidad de Barcelona, durante la clausura de un congreso sobre los derechos de la tercera edad. Allí dejó una reflexión lúcida y conmovedora que decía: “Me revelo contra un mundo donde se identifica a los viejos con la fata de capacidad, de talento o de preparación. Los viejos resultan incomodos para una sociedad que potencia el gasto y busca beneficios fáciles y rápidos. Se los margina porque consumen menos y porque, aparentemente, tienen menos necesidades. Se los abandona en la sociedad bajo la falsa idea de que esta es inherente a la vejez y que, por tanto, deben acostumbrarse a ella. Pero una sociedad sin solidaridad entre generaciones es una sociedad empobrecida. Prescindir de los viejos no es solo un acto criminal e imbécil; es como quemar los libros; es destruir la memoria”.
Al interpretar este pensamiento, tan profundo y honesto, se advierte que el problema de edadismo (discriminación por edad) no radica en la edad, sino en la imagen que la sociedad ha construido de ella. Hemos situado a la juventud como única medida de valor empujado la vejez al descarte, olvidando que en cada persona mayor habita un ser luminoso que piensa y posee una sabiduría serena y profundamente humana, de esas que no nacen de los libros, sino en la vida vivida con conciencia, sensibilidad y experiencia.
Como lo señala el filósofo Bobbio: el problema no es reconocer derechos, sino hacerlos efectivos. Y en esa tarea, todos, sin excepción estamos llamados a actuar. No podemos seguir permitiendo que quienes han edificado el presente sean condenados a la invisibilidad y a una forma de exclusión que contradice el principio democrático.
Defender a nuestros mayores es defender lo que seremos mañana. Nada más.
Jaime A. Guzmán R.
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