Lo apodaron “botitas”. Tirano, malo, que jugaba a ser Dios usando el poder que se le había conferido. Trató a su pueblo de manera abusiva, como un dictador. Un día —seguramente luego de una mala noche, como las que suelen tener los que gobiernan (vayan a saber las razones)— decidió ordenar a sus soldados que combatieran las olas del mar, y ellos, impedidos de negarse a sus desaforadas órdenes, fueron a clavar la espada en el enemigo que su jefe había inventado: el mismísimo mar. Era Calígula, y su locura vino con el poder, esa forma de vicio que enferma a los que no saben driblar su peso y su potencia.
En el trópico tenemos unos aprendices de “botitas”, que juegan a ser emperadores, abusando del poder que los desboca sobre los límites de lo posible. Por este lado del mundo, no entran a sablazos al mar, sino que prenden motosierras, o hacen de adivinadores del tiempo y ven en el clima a su principal enemigo. En nuestro caso, sus soldados devenidos en ministros o empleados de su república bananera, impedidos de negar las órdenes que dicta, cumplen a pies juntillas su deseo, muy a pesar de que sean órdenes huérfanas de razón y de sensatez. El odio del que no se curan y que los mueve les impide ruborizarse o sentir vergüenza. En ambos casos, la actitud grotesca viene de su imposibilidad de cosechar logros importantes; es un maquillaje para ocultar sus sucesivos fracasos frente a su deber, aunque también puede representar un triunfo de sus intereses. Como dice Éric Sadin, nuestra era es la del “individuo tirano”, que bien podría ser también la de Calígulas reeditados: los “botitas” que pueden pisarlo todo.
Pablo Vivanco Ordóñez
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