El fin de semana asesoré a emprendedoras en una feria de negocios local. Todas compartían un nivel de angustia similar y casi la misma pregunta de fondo: «Hago de todo en mi negocio, ¿por qué no vendo?»
La culpa no es de ellas. Es del intrusismo profesional «vendehúmos» que ha contaminado el mercado.
Hoy, cualquiera se disfraza de mercadólogo. Vemos a programadores que, por saber configurar un anuncio digital, se creen estrategas comerciales. A periodistas que asumen que redactar una historia emotiva equivale a dominar la psicología de ventas. O a creadoras de contenido que confunden tener miles de seguidores —por salir con poca ropa en un video— con saber escalar la facturación de una marca corporativa. No tengo nada en contra de otros oficios, pero zapatero a tus zapatos.
Esto me recuerda a una lección del libro El hombre más rico de Babilonia, donde el protagonista pierde sus ahorros por confiar su dinero a un fabricante de ladrillos para que le compre joyas raras.
Pedirle a un aficionado que estructure el crecimiento de tu empresa es un suicidio financiero. Te venden ‘likes’ y diseños lindos cuando lo que tu negocio necesita para no quebrar es flujo de caja y sistemas de negocio.
Lo confirmé en mi reciente gira por seis ciudades: la motivación y la improvisación encienden el motor, pero solo una estructura comercial sólida te mantiene activo en la ruta.
Si estás harto de pedirle joyas al ladrillero, este miércoles 25 de marzo de 2026 dictaré una sesión estratégica para estructurar un Embudo de Ventas por WhatsApp.
Escríbeme al correo y hablemos de negocios.
Marlon Tandazo P.
marlonftp@gmail.com