Cementerios llenos de flores. La muerte vestida de flores. Los vivos y los muertos reunidos por un momento en el mismo lugar. Se buscan; los primeros piensan en los segundos, pero no pueden alcanzarse.
La angustia de la muerte arruina la alegría de vivir. No se habla de ella; se la olvida. Cuando ha pasado el cortejo fúnebre, prosigue la circulación.
No debo alejar de mi mente los pensamientos sobre la muerte. Sería la técnica del avestruz. Es mejor que plantearse esta pregunta fundamental: “¿La muerte es o no el fin de todo?” Si la muerte es el fin, reviste el carácter de una terrible mutilación. Si no lo es, la muerte adquiere una dimensión extraordinariamente nueva.
Una serena confrontación con la muerte, este momento crítico de mi vida que yo deberé afrontar solo, me coloca delante de todo o la nada, del sentido o del sin sentido de mi existencia. Dios o el vacío infinito.
El secreto de la vida y de la muerte coincide con el misterio de Dios.
La historia de tu vida no tendrá punto final.
¿Qué la muerte es separación? … Falso. Es ausentarse por poco tiempo.
Si murieses hoy, tal vez tu epitafio tuviera que ser: “Aquí yace uno que no supo para qué vivía”.
“Sus obras los acompañarán” (Ap. 14, 13) ¿Qué estela de bien vas dejando para la eternidad?
Tu cuerpo será enterrado honrosamente. ¿Y tu alma?
La eternidad feliz se compra con el tiempo bien empleado.
Haz todo el bien que puedas, pues en el sepulcro no te será posible ya ni un buen deseo… Recordar a los que se fueron nos invita a revisar nuestra vida y a vivirla con más coherencia cada día; fieles al Evangelio.
Así fue en este mes que termina, el llamado Día de difuntos: una oportunidad para purificar y clarificar nuestras creencias.
Edgar Alejandro Ojeda Noriega
eaguasysuelos1@gmail.com